¿Sabes cómo funciona el cerebro de tus hijos?

Bruce Lipton, en un fragmento de uno de sus libros la biología de la creencia, señala: “Los comportamientos, las creencias y las actitudes que los humanos observamos en nuestros padres se graban en nuestro cerebro (…) Una vez que la información se almacena en el subconsciente, controla nuestra biología durante el resto de nuestra vida”.

Hasta hace un par de décadas, no teníamos información certera acerca cómo funcionaba nuestro cerebro en las distintas etapas de la vida. Como padres, no teníamos la menor idea de cómo el niño asimilaba cada cosa que le enseñábamos; producto de ello, muchos pregonaban frases sobre sus hijos del estilo: “es increíble cómo razona”, “es un maleducado” o “no sé donde ha aprendido esas palabrotas”. No obstante, hoy existe a disposición una cantidad de información que resulta reveladora (y sorprendente) que nos permite como padres, y a partir de comprender el desarrollo del cerebro de nuestros hijos, desarrollar mecanismos de comunicación más coherentes y efectivos.

Claro que frente a este planteo, muchos adultos aún pueden posicionarse algo escépticos. Con las prisas y tras las largas jornadas de trabajo, sienten que hacen lo que pueden, cómo pueden y cuándo pueden. No obstante, este conocimiento no representa una complicación y/o carga adicional; por el contrario, nos permite entender que es mucho más simple y saludable criar a nuestros niños aceptando su sentir y su emocionalidad, que luchando contra ello o buscando excusas basadas en una lógica racional que para los niños aún “no existe”.

Veamos. Hoy sabemos que los niños hasta los 7 años son pura imaginación. Su cerebro racional y lógico –el lóbulo frontal del neocórtex- está en formación durante todo ese período y empieza a desarrollarse con fuerza y carácter durante la adolescencia. Dicho de otra forma, hasta aproximadamente los 7 años, el cerebro de los niños es una “esponja”; absorbe información de los padres como verdades absolutas, sin filtrar ni poner en duda. Los niños son observadores sagaces y especialistas en detectar nuestras incoherencias que, tantas veces, ni nosotros mismos registramos. Y ante una incoherencia entre nuestras palabras y nuestros comportamientos reales, ellos se quedarán con los hechos, pues no tienen la capacidad de discernir entre una cosa y la otra. Nos observan a todas horas y nos imitan. Son espejos de nosotros.

En cierta forma, si somos capaces de recordar nuestros comportamientos como padres, nos encontraremos la mayoría de las veces, dando una explicación racional o teórica a nuestro hijo ante una situación. Por ejemplo, si uno de nuestros hijos se pone de rabieta en un momento “inapropiado”; es decir, cuando estamos en un lugar público y vamos contrarreloj, intentaremos “censurar” todo el tiempo su emoción y bajar la intensidad de la misma, explicándole como si fuera un adulto, que no es momento, ni lugar, ni la forma.

¿Qué es lo que hemos intentado en esta hipótesis situacional? Ni más ni menos que apelar a la lógica (que él aún no puede utilizar), para “anestesiar” su emoción a nuestra conveniencia, porque es a nosotros a quien nos pone nerviosos. En otras palabras, en vez de enseñarle a fluir y a conectar con su capacidad innata de salir de esa emoción, le censuramos.

¿Qué diferencia supondría gestionar la situación desde el conocimiento del cerebro del niño?

Pues sabríamos que la racionalidad no es el camino y, en cambio, dejaríamos que se exprese en la emoción porque aceptamos que eso es lo que le pasa en ese momento y ha decidido expresarlo de esa manera concreta y con esa intensidad concreta y válida (aunque sea diferente a la que yo hubiera expresado). Simplemente le acompaño en su sentir, lo permito y lo valido. Y para eso no hacen falta las palabras. Una vez él solito haya salido de ese estado (porque las emociones van y vienen), podremos hablarle tranquilamente: preguntarle qué le ha pasado y naturalizar y respetar –sin censurar- su manifestación reciente.

Lo mismo cuando nos pide nuestra atención sobre algo que está haciendo o ha hecho. Si no podemos prestársela en ese momento porque estamos ocupados en otra cosa, el niño interpretará esta situación como un rechazo hacia él. Nuestra lógica no es interpretable para el niño, simplemente porque su cerebro aún no está preparado para ella.

Entonces, ¿qué tal un abrazo, por ejemplo? Porque un abrazo es -energéticamente- mucho más poderoso que una catarata de palabras intentando restarle importancia a algo importante para él. Un abrazo tranquiliza, apacigua, da confianza, seguridad y, sobre todo, carece de la necesidad de un análisis racional. Es un gesto de amor simple, aunque enorme.

Luego de todo lo dicho, no es complicado imaginar las consecuencias que tiene que un padre diga a su hijo “todo lo haces mal”, “¡eres tonto!”, “¡siempre lloriqueando!” o “no vales nada”. Tal y como nos señala Roser Vinyet, nuestra especialista en coaching para padres y fundadora de Summa Coaching, la conciencia de los niños no ha evolucionado lo suficiente como para discernir que esos comentarios no son más que excesos verbales fruto de una emoción puntual de sus padres y no verdaderas características de su ser. Por ello, nos invita a aprender a ser mejores padres de lo que somos.

Cuando respeto, acepto y valido el sentir de mi hijo, él lo entiende como un respeto, una aceptación y una validación a él como persona. Estoy alimentando su autoestima y le estoy enseñando a respetarse, aceptarse, validarse y a hacer lo mismo con los que le rodean.

Está en nuestras manos y a nuestra disposición el conocimiento para transformar positivamente nuestra experiencia como padres, procurando una mejor comunicación con nuestros hijos.

Además, nos indica, el camino de la aceptación es mucho más simple y más fructífero que el camino de la resistencia y la lucha. La consigna de Roser, y tal vez, uno de los lemas más importantes de su trabajo es invitarnos a “aceptar y validar el sentir de nuestros hijos”; porque ellos son lo que sienten, sin más. Y haciendo esto estoy contribuyendo enormemente a desarrollar en ellos una gran autoestima.

Durante este proceso de coaching para padres, los padres conseguirán, entre otras cosas:

  • Calmar la mente de pensamientos y vivir en y desde el presente.
  • Aprender a verse en sus hijos. Muy a menudo, ellos son nuestro espejo.
  • Ayudar a nuestros hijos a descubrir y gestionar sus emociones.
  • Ayudarles a desplegar su creatividad, su imaginación y su sabiduría interior.
  • Aprender la importancia del lenguaje energético. No es lo que hago, sino desde dónde lo hago.
  • Comprender cómo funciona el cerebro de los niños según su edad.