Y tú ¿quién eres realmente?

¿Te has preguntado nunca quién eres realmente? ¿Alguna vez has pasado por una crisis de identidad? Durante nuestra vida, nos planteamos preguntas como estas en ciertos momentos clave: durante la adolescencia, cuando el día de nuestro cumpleaños nos hace cambiar el número de la decena de años, cuando muere algún ser querido, cuando perdemos un pilar que sustentaba nuestra vida; el trabajo, la pareja, etc. Son momentos complejos, llenos de dudas, momentos de retiro. Momentos en los que se hace del todo necesaria la introspección para renacer de las cenizas.

Desde que nacemos, nuestra mente ha sido bombardeada familiar y socialmente con creencias, valores y opiniones ajenas a nosotros. Creencias, valores y opiniones que hemos adoptado como propias, como ciertas, inmutables e incuestionables.

Hemos dado y damos más valor a los otros que a nosotros mismos. Te has preguntado si hubieras nacido en el seno de una familia alemana o senegalesa ¿cómo serías hoy? ¿Qué valores y qué comportamientos regirían tu vida? ¿Y no serias acaso el mismo ser en esencia? Así pues, ¿a qué y a quién otorgamos ciegamente el poder de decidir quiénes somos?

Te has preguntado alguna vez ¿qué quieres realmente? ¿Qué necesitas para ser feliz? ¿Qué crees tú que es bueno y malo para ti? En tu interior lo sabes. Sabe lo que quieres y necesitas. Pero no lo escuchas. Tus emociones te lo están mostrando día a día. Cuando dices, haces o expresas alguna cosa que no está alineada con lo que realmente crees, una emoción negativa te recorre el cuerpo. Una emoción que puede ser de miedo, tristeza, angustia, vergüenza, rabia, asco, etc. Y la dejas dentro. Y dentro de ti se va acumulando, gota a gota. Y te va marchitando día a día. Y en un torpe intento de equilibrarte, un día, ¡explotas! Sin medida ni control, hiriendo así a los que te rodean y a ti mismo. Y el sentimiento de culpa es tan grande que no hace más que alimentar este círculo vicioso. Y tú querías hacerlo bien, de forma calmada y respetuosa, pero no has podido. Y no has podido porque tu cerebro ha sufrido un “secuestro amigdalar”, que quiere decir que la zona cerebral de las emociones ha tomado el control de tu cerebro racional.

Y así funciona la sociedad de hoy: de “secuestro amigdalar” en “secuestro amigdalar”. En los puestos de trabajo, en las relaciones familiares, en lo que llamamos la educación de nuestros hijos, en las relaciones efímeras de pareja, etc. Triste panorama.

¿Y por qué no te atreves a expresar, de una vez por todas, lo que quieres? ¿Por qué aún te sientes incapaz de reclamar tu felicidad con todas tus fuerzas? ¿Acaso no te crees merecedor de ello? ¿Acaso piensas que es demasiado tarde para descubrirte? ¿Qué más te tiene que pasar para que digas “¡basta!”? ¿Qué más necesitas que pase para aprender a gestionar correctamente tus emociones? ¿Acaso crees que tu felicidad comportará la infelicidad de otros?

La felicidad genera felicidad.
¿Te atreves a ser la primera pieza de este efecto dominó?