Todo lo que te pasa, tiene un propósito

¿Cuantas veces nos hemos preguntado cuál es el propósito de la vida?

Llevamos milenios viviendo identificados con nuestros pensamientos. Creemos que somos lo que pensamos. Como ya ha demostrado la neurociencia, reaccionamos y actuamos en función de lo que pensamos inconscientemente, y acabamos atrayendo las situaciones, las personas y la vida que estos pensamientos han generado. Y así, reafirmamos estas creencias aprendidas y alimentamos este pez que se muerde la cola.

Yo no soy quien pienso que soy.

El cerebro es como un ordenador, y ejecuta los programas instalados (creencias) a la perfección y a una velocidad excepcional. Pero el cerebro no tiene alma; actúa siempre desde la supervivencia, la protección y en resumen: desde el miedo. Él quiere etiquetar, clasificar, controlar todo lo que sucede, para acceder a esta información en el futuro. Así se siente seguro.

Ante una situación o persona que me genera una emoción desagradable, lo que ocurre o la persona en sí, son irrelevantes. Es todo un espejo de mi interior, que de otra manera no podría haber sido visto. Es una oportunidad que me regala la vida para su propósito: que experimente. Una oportunidad para que me conozca, vea más de mí, aprenda lo que necesito aprender y madure como ser. La emoción es la que me da la pista de qué necesidad inconsciente intento cubrir con alguna cosa externa: ser querido, reconocido, valorado, evitar el conflicto, controlar, etc. Cuando, en soledad y en calma, soy capaz de no mentirme, lo veo: nada externo a mí puedo llenar mi interior. El interior es la fuente de todo lo que necesito. Y en este momento tengo todo lo que necesito para este preciso momento. Y así, se empieza a desinstalar uno de los programas que me dirigían y me hacían sufrir. Siento un gran descanso y una gran certeza. Es entonces cuando, por fin, empiezo a SER quien realmente soy.