No puedes ayudar a nadie

No podemos ayudar a nadie, querido. Ni a nuestros hijos, ni a nuestra pareja, ni a nuestros padres, ni a nuestros alumnos… ¿De dónde nace esta pulsión a querer ayudar a los demás? De la pulsión vital a crecer, evolucionar y expandir nuestra consciéncia y sabiduría. A quien en realidad buscas ayudar es tí.

Y es que, sólo puedes ayudarte a tí.

¿Y cómo lo hacemos? Viéndonos, conociéndonos, aceptándonos, integrando todas nuestras facetas. Y la única herramienta que tenemos para hacerlo son los otros. Y sobre todo, con las personas con quienes el vínculo emocional es más profundo. Vemos en los otros una proyección de nosotros mismos que de otra forma no podríamos ver.

Cuando sentimos una emoción desagradable ante una situación vital de otro, la siento porqué empatizo. No puedo empatizar con el otro si no es porqué ese algo resuena en mi interior. Entonces, tendemos a aconsejarle, a querer solucionar lo que pasa en su exterior, y no lo que siente con respecto a eso. ¡Presta atención a tus consejos! Son precisamente los que necesitas tú.

Lo único que podemos hacer por otra persona, y sólo si así nos lo pide, es acompañarla en su sentir.

Abrazar ese sentir, respetarlo y validarlo. Sólo así se sentirá acompañad@, reconocid@, aceptad@, comprendid@, querid@. Las palabras no son necesarias. Es más; son inútiles.

La emoción de pena, tristeza, rabia o rechazo, aparece para que puedas ver esa parte del ti que no ves, que no aceptas, que rechazas (y la proyectas como rechazo, enfado o crítica en el otro). En cuanto veas, reconozcas, valides e integres esas emociones como parte necesaria y perfecta de ti que te completa, estarás más cerca del amor incondicional hacia ti y hacia los demás.