lo que nos hace humanos, es lo que nos hace esclavos

Somos seres sociales, y nos diferenciamos del resto de animales básicamente por la capacidad de hablar. He dicho hablar y no comunicar. Porqué ni somos los únicos animales que nos comunicamos, ni nos comunicamos únicamente con el habla. Y ¡sí! He dicho capacidad y no habilidad de hablar. Porque la habilidad, en cuanto a considerar el impacto de las palabras que articulamos, brilla por su ausencia. Omitimos, presuponemos, distorsionamos y generalizamos constantemente. No somos impecables con nuestras palabras. Y es precisamente esta torpeza en esta forma de lenguaje, el principio de nuestro sufrimiento. Somos esclavos de nuestras palabras y por lo tanto, de nuestro sufrimiento. Me explicaré.

Cuando no cuidamos nuestras palabras ni el tono de las mismas, estamos lanzando veneno emocional. Un veneno emocional que va directo a nosotros como un boomerang. Cuando hiero a alguien con mis palabras, este alguien entra en un estado emocional de ira, desprecio, rechazo, miedo, desconfianza, etc… hacia mí. Desencadeno por lo tanto, emociones negativas en él que revertirán en mí. Por no hablar de las emociones negativas que pueden nacer en mí en forma de culpa o resentimiento. Estas emociones, se transformarán en pensamientos negativos tanto en mí como en el otro. Por lo tanto, estoy haciendo daño, pero a la vez también me estoy haciendo daño a mí mismo. Me convierto en esclavo del sufrimiento con mis palabras y mis pensamientos.

De la misma manera, cuando alguien me lanza veneno emocional a mí con sus palabras, soy yo el que decide creerme sus palabras y dejar que me afecten y me hagan sentir mal, y lo que es peor: que me hagan reaccionar mal. Decido volver a ser esclavo.

¿Por qué doy tanto valor a las palabras de los demás? ¿Por qué doy tanto valor a las palabras lanzadas al aire sin tener en cuenta desde donde las está lanzando el otro? ¿Desde el miedo? ¿Qué le hace reaccionar así? ¿Qué está queriendo conseguir con esta reacción? ¿Qué me estoy diciendo yo respecto a lo que me está diciendo? Cuando somos capaces de colocarnos en el rol de observador es mucho más fácil entender al otro y no tomarnos las coses como personales.

Cuando comunicamos o se comunican con nosotros, no somos conscientes de que las palabras solo representan el 7% de nuestro mensaje, que el 38% corresponde a la expresión vocal y el 55% a la comunicación no verbal. Así pues, ¿por qué damos tanta importancia a las palabras? Ellas son articuladas, la mayoría de veces, por el ego. La verdad de cada persona no está en sus palabras, sino en lo que calla. Dejemos de presuponer. Preguntemos más. Escuchemos más; también con los ojos. Hagamos más silencios.

Toda emoción desagradable que no nos permitimos sentir o juzgamos, genera pensamientos repetitivos tóxicos para nosotros, y serán la semilla de futuros comportamientos y palabras tóxicas que no nos benefician ni a nosotros mismos ni a los que nos rodean. Dicen que de los 90.000 pensamientos que tenemos durante el día, el 70% no son reales, son fantasiosos; el 30% son negativos (y en algunos casos yo me atrevería a decir que este porcentaje es muy superior), y sólo el 10% son destinados a la resolución de problemas. ¿Cómo es pues, que si el 70% de nuestros pensamientos no son reales, dejamos que guíen por completo nuestra vida? ¿Cómo es que, si el 70% de  nuestros pensamientos no son reales, los defendemos a capa y espada, intentando constantemente vencer a los demás? ¿Cómo es que, si el 70% de nuestros pensamientos no son reales, les otorgo tanto valor?

¿Quién es el amo y señor de tus pensamientos y tus palabras? ¿Quién tiene pues, el poder de dejar de ser esclavo?

He aquí la receta para dejar de sufrir: sé impecable con tus palabras y tus pensamientos.