Sentir. Todo lo hago para Sentir

¿Sabes qué es lo que realmente anhelas cuando te propones un objetivo o un reto? No es conseguirlo, sino que anhelas sentir lo que crees que sentirás cuando lo consigas.

Te invito a que te preguntes: ¿Cómo crees que te sentirías si al final te decidieras a cambiar de trabajo, de pareja o de ciudad? ¿Cómo crees que te sentirías si tuvieses el cuerpo más atlético, la nariz más pequeña o más pelo en la coronilla? ¿Cómo crees que te sentirías si quien crees que te hace tu vida imposible saliese de ella o quien crees que te la hacía más bonita volviera a formar parte de ella? ¿A lo mejor tu respuesta es tranquil@, feliz, segur@, afortunad@?

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La lógica coherente de las etiquetas

¿Cuáles son las etiquetas que un día; de pequeño, validaste de ti mismo? ¿A lo mejor: tímid@, egoísta, lent@, imperfect@, etc.? Hasta los siete años, todo lo que nos dicen que somos lo aceptamos sin filtrar, porque nuestro cerebro de niño simplemente no tiene la capacidad para hacerlo. Todavía no tiene formado del todo el lóbulo frontal, que es el que tiene la capacidad de razonar y poner en duda estas etiquetas. Y así, es como llegamos a adultos pensando que somos lent@s, tímid@s, egoístas o imperfect@s.

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Cuando la vida te cambia de planes

Cuando la vida, de pronto y sin pedirte permiso, te cambia radicalmente los planes, entras en una espiral frenética de emociones de: rabia, tristeza, frustración, desesperación, miedo, etc. Te sientes desprotegid@, sol@, minúscul@ y absolutamente vací@. Dudas de ser capaz de encontrar la fuerza para luchar y salir de esta espiral. Y la pregunta “¿por qué?” te rompe a martillazos el cerebro. Acabas exhaust@ y agotad@.

¿De verdad importa tanto el “por qué”?

¿Cambiaría algo de tu realidad conocer el por qué? ¿Podrías afirmar rotundamente que lo que te va a aportar esta experiencia no es lo mejor para tí a un tiempo vista? ¿En base a qué puedes afirmar saber lo que es mejor para tí? Deja de preguntarte “¿por qué?”. Y Empieza a preguntarte “para qué” me está sucediendo esto?

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No puedes ayudar a nadie

No podemos ayudar a nadie, querido. Ni a nuestros hijos, ni a nuestra pareja, ni a nuestros padres, ni a nuestros alumnos… ¿De dónde nace esta pulsión a querer ayudar a los demás? De la pulsión vital a crecer, evolucionar y expandir nuestra consciéncia y sabiduría. A quien en realidad buscas ayudar es tí.

Y es que, sólo puedes ayudarte a tí.

¿Y cómo lo hacemos? Viéndonos, conociéndonos, aceptándonos, integrando todas nuestras facetas. Y la única herramienta que tenemos para hacerlo son los otros. Y sobre todo, con las personas con quienes el vínculo emocional es más profundo. Vemos en los otros una proyección de nosotros mismos que de otra forma no podríamos ver.

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Todo lo que te pasa, tiene un propósito

¿Cuantas veces nos hemos preguntado cuál es el propósito de la vida?

Llevamos milenios viviendo identificados con nuestros pensamientos. Creemos que somos lo que pensamos. Como ya ha demostrado la neurociencia, reaccionamos y actuamos en función de lo que pensamos inconscientemente, y acabamos atrayendo las situaciones, las personas y la vida que estos pensamientos han generado. Y así, reafirmamos estas creencias aprendidas y alimentamos este pez que se muerde la cola.

Yo no soy quien pienso que soy.

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Enamórate del lugar en el que estás

Dice Jeff Foster que existen dos miedos básicos: el miedo a perder lo que tenemos, y el miedo a no conseguir lo que soñamos. Y que hay una solución: enamorarte del lugar en el que estás.

Pero a veces este lugar se hace insoportable, parece que el dolor te tenga que romper en dos.

Cuando sientas esto, respira. Solo respira… Como cuando naciste y tuviste que hacer aquel esfuerzo titánico para llenar por primera vez tus pulmones. Concédete un espacio y simplemente respira y confía en la vida.

Confía… Estás en el lugar perfecto donde necesitas estar, aunque a tu mente no se lo parezca. Deja de exigir respuestas a tus preguntas. Te serán dadas cuando estés preparado para recibirlas.

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La tiranía de los debería

¿Cuánto te exiges cada día?

¿Recuerdas cuando cediste por primera vez a la tiranía de los debería que y los tengo que?

¿Quién es quien realmente te obliga a tener que hacer o tener que ser de una determinada forma?

¿Son quizás las expectativas que inconsciente o conscientemente te has creado sobre ti mismo?

¿Son por lo tanto tus pensamientos en forma de creencia?

¿Quién da o quita poder a tus pensamientos?

¿Eres quizás los pensamientos que tienes?

Te quiero proponer un ejercicio muy simple. Cada vez que detectas que pronuncias; verbal o mentalmente, un tengo que o un debería de, prueba de sustituirlo por un quiero o un escojo. Automáticamente, sentirás la respuesta en tu cuerpo. ¡Wow! Porque el lenguaje crea pensamientos, y son los pensamientos los que nos generan emociones en forma de reacciones corporales.

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¡Haz más de eso que te hace feliz!

¿Tiendes a enfocarte en lo que te falta en vez de valorar, agradecer y disfrutar de lo que sí tienes, lo que sí puedes hacer y lo que sí que eres?

Cuando consiga esto seré feliz. Cuando tenga aquello seré feliz. Eterna insatisfacción e innecesario sufrimiento. Tu estado de salud, este trabajo que aborreces y tu familia, pueden desaparecer o transformase mañana mismo. Tu vida puede cambiar en una milésima de segundo y no te va a pedir permiso para ello. Será entonces cuando valorarás lo que sí que tenías. ¿Es necesario que sea así? ¿O quieres volver a empezar a cambiar el enfoque a partir de este mismo momento?

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Sé impecable con tus palabras

Cuando no cuido las palabras que utilizo estoy lanzando veneno emocional. Cuando hiero a alguien con mis palabras, este entra en un estado emocional negativo que revierte en mí. Un veneno, que retorna directo a mí como un bumerang. Estoy haciendo daño, pero también me lo estoy haciendo a mí mismo.

Cuando me hablo peyorativamente o negativamente, sucede lo mismo. El cerebro es un terreno fértil, en el que según que tipo de abono doy a mis procesos mentales, así alimento los pensamientos que crecen, y estos condicionaran mis acciones, mis reacciones y en última instancia, mi vida.

Rétate a hablarte y hablar a los demás de manera amorosa y positiva durante 21 días. Los días que tarda tu cerebro en crear las conexiones neuronales que establecen la adquisición de un nuevo hábito. Experimenta el cambio que se produce en ti y en los que te rodean, querido.