Disfrutar del privilegio de ser padres

Es cierto que no hay manuales, ni instructivos universales para ser los mejores padres y/o madres; simplemente, porque cada niño, cada padre y cada madre son únicos y, por ende, también lo es la relación que surja entre ellos. Está claro que la mayoría de los padres deseamos lo mejor para nuestros pequeños, pero a veces es tanta la responsabilidad y la voluntad de querer hacerlo bien, que nos olvidamos de gozar del gran regalo que significa vivir esta experiencia.

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No puedes ayudar a nadie

No podemos ayudar a nadie, querido. Ni a nuestros hijos, ni a nuestra pareja, ni a nuestros padres, ni a nuestros alumnos… ¿De dónde nace esta pulsión a querer ayudar a los demás? De la pulsión vital a crecer, evolucionar y expandir nuestra consciéncia y sabiduría. A quien en realidad buscas ayudar es tí.

Y es que, sólo puedes ayudarte a tí.

¿Y cómo lo hacemos? Viéndonos, conociéndonos, aceptándonos, integrando todas nuestras facetas. Y la única herramienta que tenemos para hacerlo son los otros. Y sobre todo, con las personas con quienes el vínculo emocional es más profundo. Vemos en los otros una proyección de nosotros mismos que de otra forma no podríamos ver.

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Todo lo que te pasa, tiene un propósito

¿Cuantas veces nos hemos preguntado cuál es el propósito de la vida?

Llevamos milenios viviendo identificados con nuestros pensamientos. Creemos que somos lo que pensamos. Como ya ha demostrado la neurociencia, reaccionamos y actuamos en función de lo que pensamos inconscientemente, y acabamos atrayendo las situaciones, las personas y la vida que estos pensamientos han generado. Y así, reafirmamos estas creencias aprendidas y alimentamos este pez que se muerde la cola.

Yo no soy quien pienso que soy.

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Enamórate del lugar en el que estás

Dice Jeff Foster que existen dos miedos básicos: el miedo a perder lo que tenemos, y el miedo a no conseguir lo que soñamos. Y que hay una solución: enamorarte del lugar en el que estás.

Pero a veces este lugar se hace insoportable, parece que el dolor te tenga que romper en dos.

Cuando sientas esto, respira. Solo respira… Como cuando naciste y tuviste que hacer aquel esfuerzo titánico para llenar por primera vez tus pulmones. Concédete un espacio y simplemente respira y confía en la vida.

Confía… Estás en el lugar perfecto donde necesitas estar, aunque a tu mente no se lo parezca. Deja de exigir respuestas a tus preguntas. Te serán dadas cuando estés preparado para recibirlas.

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La tiranía de los debería

¿Cuánto te exiges cada día?

¿Recuerdas cuando cediste por primera vez a la tiranía de los debería que y los tengo que?

¿Quién es quien realmente te obliga a tener que hacer o tener que ser de una determinada forma?

¿Son quizás las expectativas que inconsciente o conscientemente te has creado sobre ti mismo?

¿Son por lo tanto tus pensamientos en forma de creencia?

¿Quién da o quita poder a tus pensamientos?

¿Eres quizás los pensamientos que tienes?

Te quiero proponer un ejercicio muy simple. Cada vez que detectas que pronuncias; verbal o mentalmente, un tengo que o un debería de, prueba de sustituirlo por un quiero o un escojo. Automáticamente, sentirás la respuesta en tu cuerpo. ¡Wow! Porque el lenguaje crea pensamientos, y son los pensamientos los que nos generan emociones en forma de reacciones corporales.

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¡Haz más de eso que te hace feliz!

¿Tiendes a enfocarte en lo que te falta en vez de valorar, agradecer y disfrutar de lo que sí tienes, lo que sí puedes hacer y lo que sí que eres?

Cuando consiga esto seré feliz. Cuando tenga aquello seré feliz. Eterna insatisfacción e innecesario sufrimiento. Tu estado de salud, este trabajo que aborreces y tu familia, pueden desaparecer o transformase mañana mismo. Tu vida puede cambiar en una milésima de segundo y no te va a pedir permiso para ello. Será entonces cuando valorarás lo que sí que tenías. ¿Es necesario que sea así? ¿O quieres volver a empezar a cambiar el enfoque a partir de este mismo momento?

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Sé impecable con tus palabras

Cuando no cuido las palabras que utilizo estoy lanzando veneno emocional. Cuando hiero a alguien con mis palabras, este entra en un estado emocional negativo que revierte en mí. Un veneno, que retorna directo a mí como un bumerang. Estoy haciendo daño, pero también me lo estoy haciendo a mí mismo.

Cuando me hablo peyorativamente o negativamente, sucede lo mismo. El cerebro es un terreno fértil, en el que según que tipo de abono doy a mis procesos mentales, así alimento los pensamientos que crecen, y estos condicionaran mis acciones, mis reacciones y en última instancia, mi vida.

Rétate a hablarte y hablar a los demás de manera amorosa y positiva durante 21 días. Los días que tarda tu cerebro en crear las conexiones neuronales que establecen la adquisición de un nuevo hábito. Experimenta el cambio que se produce en ti y en los que te rodean, querido.

Permítete sentir todas las emociones

No hay emociones buenas y emociones malas. Eso es lo que a muchos nos hicieron creer. Somos animales, y las emociones tienen un sentido biológico, evolutivo de existir. Son el lenguaje de comunicación entre nuestro inconsciente y nuestro consciente para sobrevivir como individuo y como especie. Una emoción es la traducción corporal de un pensamiento (bien consciente, bien inconsciente); una interpretación de la realidad percibida basada en una memoria grabada en el hipocampo de nuestro cerebro. Por ejemplo, si percibimos algo como a un ataque hacia nosotros mismos, o a alguna cosa o persona que consideramos nuestra, sentiremos la emoción ira, en el grado que sea. La función de la emoción de la ira es: poner límites. Cuando ignoramos o disfrazamos de otras emociones las emociones reales que sentimos, esto afecta al buen funcionamiento de nuestros órganos y/o estructuras corporales. Dependiendo del conflicto experimentado, afectará a un órgano o estructura u otro. Y, mantener las emociones ignoradas o disfrazadas en el tiempo, nos lleva a enfermar. La gran mayoría de enfermedades son la expresión física de un conflicto emocional no resuelto.

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Los niños y el miedo

Esta es la experiencia que tuve con mi hija Gal·la de 4 años y medio, hace unos días:

A medio cenar le entraron ganas de ir al baño. Va solita pero me llama para que la limpie. Resulta que cerró la puerta del baño y este queda un poco lejos de la cocina y no la oí gritar mi nombre para que fuera. Al cabo de un rato, pensé “sí que está tardando”… Fui y a la que me acercaba ya la escuché llorando. Entré y estaba hecha un mar de lágrimas por qué no la había oído y hacía muuuuuucho rato que me estaba llamando. Entonces, la abracé inmediatamente, la besé y sin dejar de abrazarla empezamos esta conversación:

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lo que nos hace humanos, es lo que nos hace esclavos

Somos seres sociales, y nos diferenciamos del resto de animales básicamente por la capacidad de hablar. He dicho hablar y no comunicar. Porqué ni somos los únicos animales que nos comunicamos, ni nos comunicamos únicamente con el habla. Y ¡sí! He dicho capacidad y no habilidad de hablar. Porque la habilidad, en cuanto a considerar el impacto de las palabras que articulamos, brilla por su ausencia. Omitimos, presuponemos, distorsionamos y generalizamos constantemente. No somos impecables con nuestras palabras. Y es precisamente esta torpeza en esta forma de lenguaje, el principio de nuestro sufrimiento. Somos esclavos de nuestras palabras y por lo tanto, de nuestro sufrimiento. Me explicaré.

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